Prueba final

Aventuras de Pinocho

Capítulo 1. De cómo el carpintero maestro Cereza encontró un trozo de madera que lloraba y reía como un niño.

Pues señor, había una vez…

¡Un rey! dirán enseguida mis pequeños lectores. Pues no, muchachos; nada de eso. Había una vez un pedazo de madera. Pero no un pedazo de madera de lujo, sino sencillamente un leño de esos con que en el invierno se encienden las estufas y chimeneas para calentar las habitaciones.

Pues, señor, es el caso que, Dios sabe cómo, el leño de mi cuento fue a parar cierto día al taller de un viejo carpintero, cuyo nombre era maestro Antonio, pero al cual llamaba todo el mundo maestro Cereza, porque la punta de su nariz, siempre colorada y reluciente, parecía una cereza madura.

Cuando maestro Cereza vio aquel leño, se puso más contento que unas Pascuas. Tanto, que comenzó a frotarse las manos, mientras decía para su capote: ¡Hombre! ¡Llegas a tiempo! ¡Voy a hacer de ti la pata de una mesa!

Dicho y hecho; cogió el hacha para comenzar a quitarle la corteza y desbastarlo. Pero cuando iba a dar el primer hachazo, se quedó con el brazo levantado en el aire, porque oyó una vocecita muy fina, muy fina, que decía con acento suplicante: ¡No! ¡No me des tan fuerte! ¡Figúrense cómo se quedaría el bueno de maestro Cereza! Sus ojos asustados recorrieron la estancia para ver de dónde podía salir aquella vocecita, y no vio a nadie.

Miró debajo del banco, y nadie. Miró dentro de un armario que siempre estaba cerrado, y nadie. En el cesto de las astillas y de las virutas, y nadie. Abrió la puerta del taller, salió a la calle, y nadie tampoco. ¿Qué era aquello?

Ya comprendo, dijo entonces sonriendo y rascándose la peluca. Está visto que esa vocecita ha sido una ilusión mía. ¡Reanudemos la tarea! Y tomando de nuevo el hacha, pegó un formidable hachazo en el leño.

  • ¡Ay! ¡Me has hecho daño!, dijo quejándose la misma vocecita.

Esta vez se quedó maestro Cereza como si fuera de piedra, con los ojos espantados, la boca abierta y la lengua de fuera, colgando hasta la barba como uno de esos mascarones tan feos y tan graciosos por cuya boca sale el caño de una fuente. Se quedó hasta sin voz. Cuando pudo hablar, comenzó a decir temblando de miedo y balbuceando:

  • Pero, ¿de dónde sale esa vocecita que ha dicho ¡ay!? ¡Si aquí no hay un alma! ¿Será que este leño habrá aprendido a llorar y a quejarse como un niño? ¡Yo no puedo creerlo! Este leño… ¡Aquí está: es un leño de chimenea como todos los leños de chimenea: bueno para echarlo al fuego y guisar un puchero de habichuelas! ¡Zambomba! ¿Se habrá escondido alguien dentro de él? ¡Ah! Pues si alguno se ha escondido dentro, peor para él. Ahora le voy a arreglar yo.

Y diciendo esto agarró el pobre leño con las dos manos, y empezó a golpearlo sin piedad contra las paredes del taller. Después se puso a escuchar si se quejaba alguna vocecita. Esperó dos minutos y nada; cinco minutos, y nada: diez minutos, y nada.

Ya comprendo, dijo entonces tratando de sonreír y arreglándose la peluca. Está visto que esa vocecita que ha dicho ¡ay! ha sido una ilusión mía ¡Reanudemos la tarea!

Y como tenía tanto miedo, se puso a canturrear para cobrar ánimos. Entre tanto dejó el hacha y tomó el cepillo para cepillar y pulir el leño. Pero cuando lo estaba cepillando por un lado y por otro, oyó la misma vocecita que le decía riendo:

  • ¡Pero hombre! ¡Que me estás haciendo unas cosquillas terribles!

Esta vez maestro Cereza se desmayó del susto. Cuando volvió a abrir los ojos, se encontró sentado en el suelo. ¡Qué cara de bobo se le había puesto! La punta de la nariz ya no estaba colorada; del susto se le había puesto azul.

Capítulo 2 - Maestro Cereza regala el pedazo de tronco a su amigo Gepeto, el cual lo acepta para construir un muñeco maravilloso, que sepa bailar, tirar a las armas y dar saltos mortales.

En aquel momento llamaron a la puerta. ¡Adelante!, contestó el carpintero con voz débil, asustado y sin fuerzas para ponerse en pie.

Entonces entró en la tienda un viejecillo muy vivo, que se llamaba maestro Gepeto; pero los chiquillos de la vecindad, para hacerle rabiar, le llamaban maestro Fideos, porque su peluca amarilla parecía que estaba hecha con fideos finos.

Gepeto tenía un genio de todos los diablos, y además le daba muchísima rabia que le llamasen maestro Fideos. ¡Pobre del que se lo dijera!

  • Buenos días, maestro Antonio, dijo al entrar. ¿Qué hace usted en el suelo?
  • ¡Ya ve usted! ¡Estoy enseñando Aritmética a las hormigas! ¡Es una idea feliz! ¿Qué le trae por aquí, compadre Gepeto?
  • ¡Las piernas! Sabrá usted, maestro Antonio, que he venido para pedirle un favor.
  • Pues aquí me tiene dispuesto a servirle, replicó el carpintero.
  • Esta mañana se me ha ocurrido una idea.
  • Veamos cuál es.
  • He pensado hacer un magnífico muñeco de madera; pero ha de ser un muñeco maravilloso, que sepa bailar, tirar a las armas y dar saltos mortales. Con este muñeco me dedicaré a correr por el mundo para ganarme un pedazo de pan y… un trago de vino. ¡Eh! ¿Qué le parece?
  • ¡Bravo, maestro Fideos!, gritó aquella vocecita que no se sabía de dónde salía.

Al oírse llamar maestro Fideos, el compadre Gepeto se puso rojo como una guindilla, y volviéndose hacia el carpintero, le dijo encolerizado:

  • ¿Por qué me insulta usted?
  • ¿Quién le insulta?
  • ¡Me ha llamado usted Fideos!
  • ¡Yo no he sido!
  • ¡Si le parece, pondremos que he sido yo! ¡Digo y repito que ha sido usted!
  • ¡No!
  • ¡Sí!

Y furiosos los dos, pasaron de las palabras a los hechos, y agarrándose con furia se arañaron, se mordieron, se tiraron del pelo… Se pusieron hechos una lástima.

Cuando terminó la batalla, maestro Antonio se encontró con la peluca amarilla de Gepeto en las manos, y Gepeto tenía en la boca la peluca gris del carpintero.

  • ¡Dame mi peluca!, gritó maestro Antonio.
  • ¡Dame tú la mía, y hagamos las paces!

Los dos viejecillos se entregaron las pelucas y se dieron las manos, prometiendo solemnemente ser buenos amigos toda la vida.

  • Conque vamos a ver qué favor es el que tiene que pedirme, compadre Gepeto, dijo el maestro carpintero como muestra de que la paz estaba consolidada.
  • Quisiera un poco de madera para hacer ese muñeco del que le he hablado. ¿Puede usted dármela?

Maestro Antonio, muy contento, se apresuró a coger aquel leño que le había hecho pasar tan mal rato. Pero cuando iba a entregárselo a su amigo, dio el leño una fuerte sacudida y se le escapó de las manos, yendo a dar un palo tremendo en las esmirriadas pantorrillas del compadre Gepeto.

  • ¡Ay! ¿Tan amablemente regala usted las cosas, maestro Antonio? ¡Por poco me deja usted cojo!
  • ¡Pero si no he sido yo!
  • ¡Y dale! ¡Habré sido yo entonces!
  • ¡No, si la culpa la tiene este demonio de leño!
  • Ya lo sé que ha sido el leño; pero, ¿quién me lo ha tirado a las piernas, si no usted?
  • Le digo a usted que yo no lo he tirado.
  • ¡Embustero!
  • ¡Gepeto, no me insulte usted, o le llamo Fideos!
  • ¡Borrico!
  • ¡Fideos!
  • ¡Hipopótamo!
  • ¡Fideos!
  • ¡Orangután!
  • ¡Fideos!

Al oírse llamar fideos por tercera vez perdió Gepeto los estribos, se arrojó sobre el carpintero, y de nuevo se obsequiaron con una colección de coscorrones, pellizcos y arañazos.

Al terminar la batalla maestro Antonio se encontró con dos arañazos más en la nariz, y Gepeto con dos botones menos en el chaleco. Arregladas así sus cuentas, se estrecharon las manos y otra vez se ofrecieron indestructible amistad para toda la vida.

Hecho lo cual, Gepeto tomó bajo el brazo el famoso leño, y dando las gracias a maestro Antonio, se marchó cojeando a su casa.

Capítulo 3 - De vuelta maestro Gepeto en su casa, comienza sin dilación a hacer el muñeco, y le pone por nombre Pinocho. Primeras monerías del muñeco.

La casa de Gepeto era una planta baja, que recibía luz por una claraboya. El mobiliario no podía ser más sencillo: una mala silla, una mala cama y una mesilla maltrecha. En la pared del fondo se veía una chimenea con el fuego encendido; pero el fuego estaba pintado, y junto al fuego había también una olla que hervía alegremente y despedía una nube de humo que parecía de verdad. Apenas entrando en su casa, Gepeto fue a buscar sin perder un instante las herramientas de trabajo, poniéndose a tallar y fabricar su muñeco.

¿Qué nombre le pondré?, se preguntaba a sí mismo. Le llamaré Pinocho. Este nombre le traerá fortuna. He conocido una familia de Pinochos. Pinocho el padre, Pinocha la madre y Pinocho los chiquillos, y todos lo pasaban muy bien. El más rico de todos ellos pedía limosna.

Una vez elegido el nombre de su muñeco, comenzó a trabajar de firme, haciéndole primero los cabellos, después la frente y luego los ojos. Figúrense su maravilla cuando, hechos los ojos, advirtió que se movían y que le miraban fijamente.

Gepeto, viéndose observado por aquel par de ojos de madera, se sintió casi molesto y dijo con acento resentido: Ojitos de madera, ¿por qué me miráis? Nadie contestó.

Entonces, después de los ojos, le hizo la nariz; pero, una vez que estuvo lista, empezó a crecer; y crece que crece convirtiéndose en pocos minutos en una narizota que no se acababa nunca.

El pobre Gepeto se esforzaba en recortársela, pero cuanto más la acortaba y recortaba, más larga era la impertinente nariz. Después de la nariz hizo la boca. No había terminado de construir la boca cuando de súbito ésta empezó a reírse y a burlarse de él.

¡Cesa de reír!, dijo Gepeto enfadado; pero fue como si lo hubiese dicho a la pared. ¡Cesa de reír, te repito!, gritó con amenazadora voz. Entonces la boca cesó de reír, pero le sacó toda la lengua. Gepeto, para no desbaratar su obra, fingió no darse cuenta de ello, y continuó trabajando.

Después de la boca, le hizo la barba; luego el cuello, la espalda, la barriguita, los brazos y las manos. Recién acabadas las manos, Gepeto sintió que le quitaban la peluca de la cabeza. Levantó la vista y, ¿qué es lo que vio? Vio su peluca amarilla en manos del muñeco.

¡Pinocho…! ¡Devuélveme enseguida mi peluca! Pero Pinocho, en vez de devolverle la peluca, se la puso en su propia cabeza, quedándose medio ahogado metido en ella.

Ante aquellas demostraciones de insolencia y de poco respeto, Gepeto se puso triste y pensativo como no lo había estado en su vida; y dirigiéndose a Pinocho, le dijo: ¡Diantre de chico! ¡No estás todavía acabado de hacer y ya empiezas a faltarle el respeto a tu padre! ¡Mal hijo mío, muy mal! Y se secó una lágrima.

Quedaban todavía por modelar las piernas y los pies. Cuando Gepeto terminó de hacerle los pies, recibió un puntapié en la punta de la nariz. ¡Bien merecido lo tengo!, dijo para sí. ¡He debido pensarlo antes; ahora ya es tarde!

Después tomó el muñeco por los sobacos, y le puso en el suelo para enseñarle a andar. Pinocho tenía las piernas agarrotadas y no sabía moverse, por lo cual Gepeto le llevaba de la mano, enseñándole a echar un pie tras otro. Cuando ya las piernas se fueron soltando, Pinocho empezó primero a andar solo, y después a correr por la habitación, hasta que al llegar frente a la puerta se puso de un salto en la calle y escapó como una centella. El pobre Gepeto corría detrás sin poder alcanzarle, porque aquel diablillo de Pinocho corría a saltos como una liebre, haciendo sus pies de madera más ruido en el empedrado de la calle que veinte pares de zuecos de aldeanos.

¡Párenlo, párenlo!, gritaba Gepeto; pero las personas que en aquel momento andaban por la calle, al ver aquel muñeco de madera corriendo a todo correr, se paraban a contemplarle encantadas de admiración, y reían, reían, reían como no os podéis figurar.

Afortunadamente un guardia de orden público acertó pasar por allí, y al oír aquel escándalo creyó que se trataría de algún aprendiz travieso que habría levantado la mano a su maestro, y con ánimo esforzado se plantó en medio de la calle con las piernas abiertas, decidido a impedir el paso y evitar que ocurrieran mayores desgracias.

Cuando Pinocho vio desde lejos aquel obstáculo que se ofrecía a su carrera vertiginosa, intentó pasar por sorpresa, escurriéndose entre las piernas del guardia; pero se llevó chasco. El guardia ni tuvo que moverse. La nariz de Pinocho era tan enorme que se le vino a las manos ella sola. Le cogió, pues, y le puso en manos de Gepeto, el cual quiso propinar a Pinocho, en castigo de su travesura, un buen tirón de orejas.
Pero figúrense qué cara pondría cuando, al buscarle las orejas, vio que no se las encontraba. ¿Sabéis por qué? Porque, en su afán de acabar el muñeco, se había olvidado de hacérselas. Entonces le agarró por el cuello, y mientras lo llevaba de este modo, le decía mirándole furioso:

  • ¡Vamos a casa! ¡Ya te ajustaré yo allí las cuentas!

Al oír estas palabras se tiró Pinocho al suelo y se negó a seguir andando. Mientras tanto iba formándose alrededor un grupo de curiosos y de papanatas. Cada uno de ellos decía una cosa.

¡Pobre muñeco!, decían unos. Tiene razón en no querer ir a su casa. ¡Quién sabe lo que hará con él ese bárbaro de Gepeto!

Otros murmuraban con mala intención: ese Gepeto parece un buen hombre, pero es muy cruel con los muchachos. Si le dejan a ese pobre muñeco en sus manos, es capaz de hacerle pedazos.

En suma, tanto dijeron y tanto murmuraron, que el guardia, dejando en libertad al muñeco, se llevó preso al pobre Gepeto, el cual, no sabiendo qué decir para defenderse, lloraba como un becerro. Cuando iba camino de la cárcel, balbuceaba entre sollozos:

  • ¡Hijo ingrato! ¡Y pensar que me ha costado tanto trabajo hacerlo! ¡He debido pensarlo antes!

Lo que sucedió después de esto es un caso tan extraño, que cuesta trabajo creerlo, y os lo contaré en el capítulo siguiente.

Capítulo 4 - De lo que sucedió a Pinocho con el grillo-parlante, en lo cual se ve que los niños malos no se dejan guiar por quien sabe más que ellos.

Pues, señor, sucedió que mientras el pobre Gepeto era conducido a la cárcel sin culpa alguna, el monigote de Pinocho, libre ya de las garras del guardia, escapó a campo traviesa; corría como un automóvil, y en el entusiasmo de la carrera saltaba altísimos matorrales, setos, piedras y fosos llenos de agua, como una liebre perseguida por galgos.

Cuando llegó a su casa encontró la puerta entreabierta. Abrió, entró en la habitación, y después de correr el cerrojo se sentó en el suelo, lanzando un gran suspiro de satisfacción. Pero la satisfacción le duró poco, porque oyó que alguien decía dentro del cuarto: ¡Cri, cri, cri!

  • ¿Quién me llama?, gritó Pinocho lleno de miedo.
  • Soy yo. Volvió Pinocho la cabeza, y vio que era un grillo que subía poco a poco por la pared.
  • Dime, grillo: ¿y tú quién eres?
  • Yo soy el grillo-parlante que vive en esta habitación desde hace más de cien años.
  • Bueno, contestó el muñeco, pero hoy esta habitación es mía. Si quieres hacerme un gran favor, márchate pronto y sin volver siquiera la cabeza.
  • No me marcharé sin decirte antes una verdad como un templo.
  • Pues dila, y despacha pronto.
  • ¡Ay de los niños que se rebelan contra su padre y abandonan caprichosamente la casa paterna! Nada bueno puede sucederles en el mundo, y pronto o tarde acabarán por arrepentirse amargamente.
  • Como quieras, señor grillo. Pero yo sé que mañana al amanecer me marcho de aquí, porque si me quedo, me sucederá lo que a todos los niños: me llevarán a la escuela y tendré que estudiar quiera o no quiera. Y yo te digo en confianza que no me gusta estudiar, y que mejor quiero entretenerme en cazar mariposas y en subir a los árboles a coger nidos de pájaros.
  • ¡Pobre tonto! Pero, ¿no comprendes que de ese modo cuando seas mayor estarás hecho un solemne borrico y que todo el mundo se burlará de ti?
  • ¡Cállate, grillo de mal agüero!, gritó Pinocho.

Pero el grillo, que era paciente y filósofo, no se incomodó al oír esta impertinencia, y continuó diciendo con el mismo tono:

  • Y ya que no te gusta ir a la escuela, ¿por qué no aprendes al menos un oficio que te sirva para ganar honradamente un pedazo de pan?
  • ¿Quieres que te lo diga?, contestó Pinocho, que empezaba ya a perder la paciencia. Entre todos los oficios del mundo no hay más que uno que me guste.
  • ¿Y qué oficio es ese?
  • El de comer, beber, dormir, divertirme y hacer desde la mañana a la noche vida de paseante en corte.
  • Te advierto, replicó el grillo-parlante con su acostumbrada calma, que todos los que siguen ese oficio acaban casi siempre en el hospital o en la cárcel.
  • ¡Mira, grillo de mal agüero, si se me acaba la paciencia, pobre de ti!
  • ¡Pinocho! ¡Pinocho! ¡Me das verdadera lástima!
  • ¿Por qué te doy lástima?
  • Porque eres un muñeco, y, lo que es peor aún, porque tienes la cabeza de madera.

Al oír estas palabras saltó del suelo Pinocho muy enfurecido, y cogiendo un mazo de madera que había sobre el banco, se lo tiró al grillo-parlante. Quizás no creía que iba a darle; pero, por desgracia, le dio en la misma cabeza, y el pobre grillo apenas si pudo decir cri, cri quedó aplastado en la pared.

Capítulo 5 - Pinocho tiene hambre, y buscando, buscando, encontró un huevo con el cual pensó hacer una tortilla; pero cuando menos lo pensaba se encontró con que la tortilla salió volando por la ventana.

Mientras tanto se iba haciendo de noche. Pinocho se acordó que no había comido nada, y empezó a sentir en el estómago un cosquilleo que se parecía muchísimo al apetito. Pero el apetito en los muchachos camina muy deprisa. A los pocos minutos el apetito de Pinocho se convirtió en hambre, y en un abrir y cerrar de ojos el hambre se hizo canina, rabiosa.

El pobre Pinocho se acercó al fuego donde estaba aquella olla que hervía, y quiso destaparla para ver lo que había dentro; pero ya os acordáis que estaba pintada en la pared. Figúrense la cara que puso. La nariz, que ya era bien larga, le creció lo menos una cuarta.

Entonces empezó a recorrer la habitación buscando por todos los cajones y por todos los escondrijos un poco de pan, aunque fuera muy duro y muy seco; una corteza, un hueso que se hubiera dejado para los perros, una raspa de pescado: cualquier cosa, en fin, que se pudiera llevar a la boca; pero no encontró nada, ¡nada! ¡absolutamente nada! Y mientras tanto el hambre crecía y crecía.

El pobre Pinocho no tenía más consuelo ni más alivio que bostezar; y eran tan grandes los bostezos, que algunas veces abría la boca hasta las orejas. Pero a pesar de los bostezos, el estómago seguía dando tirones. Entonces empezó a llorar y a desesperarse, mientras decía:

  • ¡Razón tenía el grillo-parlante! ¡Qué mal he hecho en rebelarme contra mi papá y en escaparme de casa! Dios me castiga. ¡Si mi papá estuviera aquí, no me vería expuesto a morir bostezando! ¡Oh! ¡Qué enfermedad tan mala es el hambre!

De pronto le pareció ver en el montón de virutas una cosa redonda y blanca, semejante a un huevo de gallina. Dar un salto y cogerlo, fue cuestión de un momento: era un huevo de verdad. No es posible describir la alegría del muñeco; pónganse en su caso. Temía estar soñando; acariciaba el huevo, le daba vueltas mirándole por todos lados, y lo besaba diciendo:

  • ¿Y ahora cómo lo voy a guisar? ¿Haré una tortilla? ¡No, estará mejor pasado por agua! ¿Y no estará más sabroso frito? ¿Y escalfado? ¡No, lo mejor que puedo hacer es cocerlo en una cacerola! Esto es lo más rápido, y el hambre que tengo no es para esperar mucho.

Dicho y hecho; puso una cacerola en una estufilla que tenía algunas brasas; echó un poco de agua en vez de aceite o de manteca, y cuando empezó a hervir, ¡tac!, rompió el cascarón del huevo para echarlo dentro.

Pero en lugar de clara y yema salió un pollito muy alegre y muy ceremonioso, que después de hacerle una linda reverencia, dijo:

  • Muchísimas gracias, señor Pinocho, por haberme evitado la molestia de romper el cascarón. ¡Vaya, hasta la vista! ¡Me alegro mucho de verle bueno, y recuerdos a la familia!

Después de decir esto extendió sus alitas, y salió volando por la ventana hasta que se perdió de vista.

El pobre muñeco se quedó estupefacto, con los ojos fijos, la boca abierta y las cáscaras del huevo en las manos. Cuando volvió de su asombro comenzó a llorar, a gritar y a dar patadas en el suelo con desesperación, diciendo:

  • ¡Cuánta razón tenía el grillo-parlante! ¡Si yo no me hubiera escapado de casa y si mi papá estuviera aquí, no me moriría de hambre!

Y como el estómago le gritaba cada vez más y no sabía cómo hacerle callar, se le ocurrió salir de la casa y dar una vuelta, con la esperanza de encontrar alguna persona caritativa que le socorriera con un pedazo de pan.

Capítulo 6 - Pinocho se duerme junto al brasero, y al despertarse a la mañana siguiente se encuentra con los pies carbonizados.

Hacía una noche infernal: tronaba horriblemente y relampagueaba como si todo el cielo fuese de fuego. Un ventarrón frío y huracanado silbaba sin cesar, levantando nubes de polvo y zarandeando todos los árboles de la campiña.

Pinocho tenía mucho miedo de los truenos y de los relámpagos; pero era más fuerte el hambre que el miedo. Salió a la puerta de la casa sin vacilar, y turnando carrera, llegó en un centenar de saltos a las casas vecinas, sin aliento y con la lengua fuera como un perro de caza.

Pero lo encontró todo desierto y en la más profunda oscuridad. Las tiendas estaban ya cerradas; las puertas y ventanas, también cerradas, y por las calles ni siquiera andaban perros. Aquello parecía el país de los muertos.

Entonces Pinocho, desesperado y hambriento, se colgó de la campanilla de una casa y empezó a tocar a rebato, diciéndose: ¡Alguien se asomará!

En efecto: se asomó un viejito, cubierto de la cabeza con un gorro de dormir y gritando muy enfadado:

  • ¿quién llama a estas horas?
  • ¿Quisiera usted hacer el favor de darme un pedazo de pan?
  • ¡Espérate ahí que vuelvo enseguida!, respondió el viejito, creyendo que se trataba de alguno de esos muchachos traviesos que se divierten llamando a deshora en las casas para no dejar en paz a la gente que está durmiendo tranquilamente.

Medio minuto después se abrió la ventana de nuevo, y se asomó el mismo viejito, que dijo a Pinocho:

  • ¡Acércate y pon la gorra!

Pinocho, no podía poner gorra alguna, porque no la tenía: se acercó a la pared, y sintió que en aquel momento le caía encima un gran cubo de agua, que le puso hecho una sopa de pies a cabeza.

Volvió a su casa mojado como un pollo y abatido por el cansancio y el hambre, y como no tenía fuerzas para estar de pie, se sentó y apoyó los pies mojados y llenos de barro en el brasero, que por cierto tenía una buena lumbre.

Se quedó dormido, y sin darse cuenta metió en la lumbre ambos pies, que, como eran de madera, empezaron a quemarse, a quemarse, a quemarse hasta que se convirtieron en ceniza.

Mientras tanto Pinocho seguía durmiendo y roncando como si aquellos pies no fueran suyos. Por último, se despertó al ser de día, porque habían llamado a la puerta.

¿Quién es?, preguntó bostezando y restregándose los ojos. ¡Soy yo! respondió una voz. Aquella voz era la de Gepeto.

Capítulo 7 - Gepeto vuelve a su casa, y le da al muñeco el desayuno que el buen hombre tenía para sí.

El pobre Pinocho, que aún tenía los ojos hinchados del sueño, no había notado que sus pies estaban hechos carbón, por lo cual apenas oyó la voz de su padre, quiso levantarse enseguida para descorrer el cerrojo; pero al ponerse en pie se tambaleó dos o tres veces, hasta que al fin dio con su cuerpo en tierra cuan largo era, haciendo un ruido tremendo.

¡Ábreme!, gritaban mientras tanto desde la calle. ¡No puedo, papá, no puedo!, respondía el muñeco llorando y revolcándose en el suelo. ¿Por qué no puedes?

  • ¡Porque me han comido los pies!
  • ¿Quién te los ha comido?
  • ¡El gato!, dijo Pinocho, viendo que el animal se entretenía en jugar con un pedazo de madera.
  • ¡Ábreme, te digo!, repitió Gepeto. ¡Si no, vas a ver cuando entre yo en casa cómo te voy a dar el gato!
  • ¡Oh, papá, créeme! ¡No puedo ponerme en pie! ¡Pobre de mí! ¡Pobre de mí, que tendré que andar de rodillas toda mi vida!

Creyendo Gepeto que todas estas lamentaciones no eran otra cosa que una nueva gracia del muñeco, decidió acabar de una vez, y escalando el muro, penetró en la casa por la ventana.

Al principio quería hacer y acontecer; pero cuando vio que su Pinocho estaba en tierra y que era verdad que le faltaban los pies, se enterneció, y levantándole por el cuello, comenzó a besarle y a acariciarle.

  • ¡Pinochito mío!, decía sollozando. ¿Cómo te has quemado los pies?
  • ¡No lo sé, papá; pero créeme que esta noche ha sido infernal, y que me acordaré de ella toda mi vida. Tronaba, relampagueaba, y yo tenía mucha hambre. Entonces me dijo el grillo-parlante: "Tendrás tu castigo; has sido malo y lo mereces". Y yo le dije: "¡Ten cuidado, grillo!" Y él me contestó: "Tú eres un muñeco, y tienes la cabeza de madera." Y yo entonces le tiré un mazo y lo maté. Pero la culpa fue suya, y la prueba es que puse en la lumbre una cacerola para cocer un huevo que me encontré; pero el pollito me dijo: "¡Me alegro de verte bueno, recuerdos a la familia!" Y yo tenía cada vez más hambre, y por eso aquel viejo del gorro de dormir, asomándose a la ventana, me dijo: "¡Acércate y pon la gorra!" y yo entonces me encontré con un cubo de agua en la cabeza. Porque pedir un poco de pan no es vergüenza, ¡verdad! Me vine a casa enseguida, y como seguía teniendo mucha hambre, puse los pies en el brasero, y cuando usted ha vuelto me los he encontrado quemados. ¡Y ahora tengo, como antes, hambre pero ya no tengo pies!

Y el pobre Pinocho comenzó a llorar y a berrear tan fuerte, que se le podía oír en cinco kilómetros a la redonda.

De todo este discurso incoherente y lleno de líos, sólo comprendió Gepeto una cosa: que el muñeco estaba muerto de hambre. Sacó entonces tres peras del bolsillo, y enseñándoselas a Pinocho le dijo:

  • Estas tres peras eran mi desayuno, pero te las regalo. Cómetelas, y que te hagan buen provecho.
  • Pues si quieres que las coma, tienes que mondármelas.
  • ¿Cómo?, replicó asombrado Gepeto. ¡Nunca hubiera creído, chiquillo, que fueras tan delicado de paladar! ¡Malo, malo, y muy malo! En este mundo, hijo mío, hay que acostumbrarse a comer de todo, porque no se sabe lo que puede suceder. ¡Da el mundo tantas vueltas! …
  • Usted dirá todo lo que quiera, refunfuñó Pinocho, pero yo no me comeré nunca una fruta sin mondar. ¡No puedo resistir las cáscaras!

Y el bueno de Gepeto, armándose de santa paciencia, tomó un cuchillo, y después de mondar las tres peras puso las cáscaras en una esquina de la mesa. Después de haber comido en dos bocados la primera pera, iba Pinocho a tirar por la ventana el corazón de la fruta; pero Gepeto le detuvo el brazo, diciendo:

  • ¡No lo tires! ¡Todo puede servir en este mundo!
  • ¡Pero yo no voy a comer también el corazón!, contestó el muñeco con muy malos modos.
  • ¡Quién sabe! ¡Da el mundo tantas vueltas!…, repitió Gepeto con su acostumbrada calma.

Dicho está que después de comidas las peras los tres corazones fueron a hacer compañía a las cáscaras en la esquina de la mesa.

Cuando hubo terminado Pinocho de comer, o mejor dicho, de devorar las tres peras, dio un prolongado bostezo y dijo con voz llorosa: ¡Tengo más hambre!

  • Pues yo, hijo mío, no tengo nada más que darte. ¿Nada, absolutamente nada? Aquí tenemos estas cáscaras y estos corazones de pera.
  • ¡Paciencia!, dijo Pinocho. Si no hay otra cosa, comeré una cáscara.

Al principio hizo un gesto torciendo la boca; pero después, una tras otra, se comió en un momento todas las cáscaras, y luego la emprendió también con los corazones, hasta que dio fin con todo. Entonces se pasó las manos por el estómago, y dijo con satisfacción:

  • ¡Ahora sí que me siento bien!
  • Ya ves, contestó Gepeto, cuánta razón tenía yo al decirte que no hay que acostumbrarse a ser demasiado delicados de paladar. No se sabe nunca, querido mío, lo que puede suceder en este mundo. ¡Da tantas vueltas!…

FIN

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